Las otras dos fuentes disponibles son de origen marino: las algas y el aceite de pescado. Ambas fuentes contienen ácidos grasos Omega-3 de cadena larga, DHA, y DHA y EPA respectivamente (Tabla 4). Al comparar la composición del aceite de las cuatro fuentes, se puede ver que las terrestres tienen un contenido mucho mayor de Omega-3 que las de origen marino (Tabla 5).
Las fuentes terrestres de Omega-3 muestran una ventaja muy importante sobre las fuentes de algas y pescado, debido a que contienen una cantidad de ácidos grasos saturados (miristico, palmítico y esteárico) significativamente inferior. El aceite de chía tiene un contenido de ácidos grasos saturados 2.8 y 5.1 veces menor que el aceite de menhaden (especie de róbalo) y de algas respectivamente (Tabla 5). Al comparar sólo el contenido total de palmítico y el mirítico, la chía tiene 3.3 y 7.1 veces menos cantidad que el aceite de menhaden y el de algas respectivamente (Tabla 4).
Otra consideración importante acerca de los aceites de pescado es que contienen colesterol puesto que son productos animales. Las cantidades varían con las especies. Por ejemplo, el contenido de colesterol para 100 gramos de aceite de sardina es de 710 mg, de aceite de salmón 485 mg, de aceite de menhaden, 521 mg, de aceite de arenque 766 mg y de aceite de hígado de bacalao 570 mg. (Unites States Department of Agriculture, 1999). Esto es importante, considerando que la chía, el lino y las algas no contienen colesterol porque son especies vegetales.
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Los efectos benéficos del pescado han recibido mucha atención. Sin embargo, los ácidos grasos EPA y DHA son fácilmente peroxidados formando hidroperóxidos: Se cree que estos hidroperóxidos y sus productos de degradación secundaria son dañinos para las células. (Sugihara et al., 1994). El EPA y DHA se oxidan más rápidamente que los ácidos linoléico, alfa- linolénico y arachidónico, y se convierten en productos de oxidación tóxicos (Freese R, 1997). La evidencia científica muestra que tanto EPA como DHA pueden ejercer efectos benéficos en cuanto a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, sólo si la protección antioxidativa contra el estrés oxidante es suficiente para minimizar el daño peroxidativo de los tejidos lipídicos (Song et al., 2000).
Las semillas de chía contienen una cantidad de compuestos con potente actividad antioxidante: miricetina, quercetina, kaemperol, y ácido cafeíco. Estos compuestos son antioxidantes primarios y sinérgicos y contribuyen a la fuerte actividad antioxidante de la chía como fuente de Omega-3, elimina la necesidad de utilizar antioxidantes artificiales como las vitaminas. Se ha demostrado que las vitaminas antioxidantes anulan los efectos protectores de las drogas cardiovasculares (Brown et al., 2001). El problema de ingerir insuficientes antioxidantes desaparece con una mayor cantidad de alfa-linolénico de origen vegetal, lo que genera otra ventaja sobre los ácidos grasos Omega-3 provenientes de productos de pescados y algas (Simopoulos, 1999). |